jueves, 12 de diciembre de 2013

El yacimiento Pleistoceno de Jou Puerta (Llanes, Asturias) (parte II)

El estudio paleontológico de la cueva de Jou Puerta acaba de publicarse en la revista científica Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology (ver enlace al final), sus principales resultados se resumirán en las siguientes líneas.
Los fósiles se hallaban dispersos en una acumulación de derrubios (arcilla y piedras, fundamentalmente) que, a lo largo del tiempo, irían entrando en la cueva y rellenándola hasta terminar por taponar la entrada a la cavidad.
Sección de la dolina y cueva de Jou Puerta, indicando la disposición
de los depósitos principales. Ilustración: Diego Álvarez Lao
El origen de la acumulación fósil está en relación con una trampa natural, es decir, una sima o pozo natural donde los animales caían y morían (bien por el golpe o bien de inanición, al no poder salir de allí) y sus restos se acumularon y se conservaron a lo largo de los miles de años. Tenemos importantes pruebas que nos confirman esta hipótesis: en primer lugar, la morfología de la cavidad nos da una pista fundamental, pues se trata de una dolina (cavidad con forma de embudo) en cuyo fondo se abre un gran agujero que comunicaba con la cueva situada debajo. Los animales que caían accidentalmente en la dolina (de paredes muy verticales) llegaban directamente a la cueva, sin poder salir de allí. En segundo lugar, el grado de conservación de los huesos es, en la mayoría de los casos, muy bueno, lo cual resultaría imposible en el caso de que fuesen humanos o carnívoros quienes aportasen los huesos al yacimiento (los depredadores, tanto humanos como carnívoros, destrozarían los huesos en fragmentos pequeños para extraer la médula o incluso comerse los propios huesos, en el  caso de las hienas).

Midiendo un húmero de rinoceronte
lanudo. Foto: Diego Álvarez Lao
El conjunto de especies presentes en el yacimiento es otro aspecto de gran interés, ya que hay dos especies claramente indicativas de clima frío: el rinoceronte lanudo y el mamut lanudo. La presencia de estas especies, por sí misma, le confiere ya un interés muy elevado al yacimiento, pues nos indica que el depósito de los restos se produjo en un momento de clima muy frío y árido. La edad de los fósiles se ha datado por el método del Carbono 14, proporcionando un rango de edad entre 30.000 y 36.000 años de antigüedad, lo que coincide con el denominado Estadio Isotópico 3, un episodio de la última glaciación en el que acontecieron momentos de clima extremadamente frío a nivel global. La presencia de estas dos especies en yacimientos ibéricos no es frecuente, lo que le aporta un interés adicional al hallazgo.
Desde el punto de vista paleontológico, el yacimiento nos ha proporcionado uno de los conjuntos
Algunos restos de rinoceronte lanudo de Jou Puerta: molares
superiores, mandíbula, húmero, "mano" derecha y extremidad
anterior izquierda. Foto: Diego Álvarez Lao.
más completos de restos de rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis) hallados en la Península Ibérica, con un total de 105 restos correspondientes a un total de 3 individuos (2 jóvenes y un adulto viejo). Entre los restos destacan una mandíbula inferior, muy bien conservada, numerosos dientes aislados, restos de una extremidad anterior bastante competa, vértebras, una pelvis y otros restos de casi todas las partes del cuerpo. Destaca un húmero de extraordinario tamaño y robustez, que ha resultado ser uno de los de mayor talla conocido en el registro fósil de esta especie.

Otra especie de gran interés es el mamut lanudo (Mammuthus primigenius), del cual tan solo se han recuperado cuatro restos dentales de un ejemplar infantil: se trata de una defensa (mal llamada “colmillo”) y tres fragmentos de un molar, correspondientes a un pequeño individuo que murió cuando tenía un año y medio o dos de edad.
Distribución de algunos de los restos de rinoceronte lanudo
hallados en Jou Puerta. Foto: Diego Álvarez Lao.
En Siberia se hallan con cierta frecuencia restos de “bebés” de mamut, ocasionalmente congelados. Se trata, muy posiblemente, de individuos de se separaron accidentalmente de la seguridad de su manada y se vieron envueltos en situaciones peligrosas que les llevaron a la muerte. En el caso de Jou Puerta, el pequeño mamut, que seguramente se despistó de su manada, se cayó por la dolina sin que ningún miembro de su grupo pudiese advertirle del peligro. Sus restos se conservaron en la cueva y nos cuentan su historia.


Megaloceros y fragmento de asta hallado en Jou Puerta.
Foto y dibujo: Diego Álvarez Lao
Otra especie de gran interés presente en este conjunto es el megaloceros o ciervo gigante (Megaloceros giganteus), cuya talla es mayor que el actual alce, del que se han recuperado algunos fragmentos de una de sus descomunales astas. Tan sólo otros 9 yacimientos ibéricos han proporcionado, hasta la fecha, restos de este gran ciervo, por lo que este hallazgo presenta gran relevancia.
También es destacable la presencia del leopardo, el único carnívoro presente en el yacimiento, que nos ha dejado un molar de leche.
Uno de los puntos de mayor interés de este conjunto fósil es su composición faunística: aunque, como hemos visto, hay presencia de especies claramente indicativas de frío, el conjunto está dominado por el ciervo, una especie que es más abundante en los momentos templados. También la presencia de corzo suele estar asociada a climas templados. Esto da lugar a una particular situación de mezcla de faunas, que difiere de la típica “fauna del mamut” que habitaba Europa Central y Siberia durante la última glaciación y que estaba compuesta en su práctica totalidad por especies propias de clima frío. Este carácter de “mezcla de faunas”, no obstante, se ha registrado ya en otros yacimientos ibéricos, principalmente del norte, lo que parece indicar una particularidad propia de la fauna de nuestra península durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior.

Piezas de mamut lanudo recuperadas en
Jou Puerta y su ubicación en el cráneo.
Foto e ilustración: Diego Álvarez Lao.
Por último, podría destacarse otra característica que nos hablaría de la conducta de los animales: la mitad de los individuos presentes (en general, de todas las especies) son jóvenes o inmaduros (con dentición de leche). Este hecho también podría estar de acuerdo con el origen del yacimiento en relación con una trampa natural, ya que los individuos jóvenes, al poseer menos experiencia en los peligros de la vida, son más susceptibles de verse envueltos en situaciones peligrosas que les pueden llevar a la muerte, como ya se ha indicado para el caso del mamut. 
Las características del yacimiento (tanto en su génesis como en su composición faunística) son muy semejantes a las del yacimiento de Cuerres (Ribadesella), ya citado en una entrada anterior, cuya excavación se encuentra actualmente en curso y nos está proporcionando unos materiales sorprendentes. La información que nos aporten estos dos excepcionales yacimientos nos permitirán conocer con mucha precisión las características ambientales de la región cantábrica durante la última glaciación.

Enlace al artículo original: http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0031018213004677 

domingo, 1 de diciembre de 2013

El yacimiento Pleistoceno de Jou Puerta (Llanes, Asturias) (parte I)


 
Tras un parón de dos meses (motivado por el comienzo del curso académico), vuelvo a retomar el blog y a hablar de las faunas propias de las épocas glaciares. En esta ocasión voy a tratar de un yacimiento que tuve la fortuna de poder excavar hace un par de años y que constituye uno de los mejores conjuntos faunísticos de macromamíferos propios de clima frío, de la península Ibérica. Se trata del yacimiento de Jou Puerta, situado en la localidad de Puertas de Vidiago (Llanes, oriente de Asturias), muy notable por varias causas de las que iré hablando en las siguientes líneas.

Dolina al fondo de la cual se abre la entrada a la cueva de
Jou Puerta.  Foto: Diego Álvarez Lao
La acumulación fósil se produjo en una cueva situada al fondo de una dolina. La cueva, oculta durante milenios, quedó al descubierto en abril de 2011 a causa de los trabajos de movimiento de tierras realizados en las obras del Autovía del Cantábrico (tramo Pendueles-Llanes). En una primera prospección llevada a cabo por la arqueóloga María Noval se descubrió el notable conjunto de huesos fósiles que estaban extendidos por la superficie de la cueva, la mayoría de ellos conservados en excelentes condiciones. Tras la visita a la cavidad por parte de dos paleontólogos de la Universidad de Oviedo (Miguel Arbizu y yo mismo), se determinó que el elevado valor paleontológico era evidente, por lo que era imprescindible recuperar dichos restos. Tras los debidos trámites administrativos, la excavación se llevó a cabo durante el mes de junio de 2011, a un ritmo muy fuerte, pues tan sólo se pudo contar con un mes para las labores de campo ya que la obra de la autovía debía avanzar y el tiempo apremiaba.
Diego Álvarez y María Noval examinando
una Pieza. Foto: Javier Calzada
La excavación fue realizada por un equipo de 3 personas: una arqueóloga (María Noval), un geólogo (Guillermo Santos) y yo mismo como paleontólogo. Nuestra labor consistió en recuperar, con los métodos más adecuados, la mayor cantidad posible de restos paleontológicos. El trabajo de excavación fue bastante engorroso, pues el sedimento estaba formado por una arcilla muy húmeda de difícil manejo. No obstante, la abundancia de fósiles bien conservados era tal que la satisfacción de excavarlos hacía olvidar todas las incomodidades.
Algunos de los restos se encontraban en un estado de extrema fragilidad, lo que obligó a realizarles una “momia” o cobertura de espuma de poliuretano para poder extraerlos de la cueva sin riesgos y llevarlos al laboratorio, donde se realizaría la restauración en condiciones controladas.
Cueva de Jou Puerta. Foto: Diego Álvarez Lao
En otros casos, 
Guillermo Santos y Diego Álvarez extrayendo
un húmero de rinoceronte. Foto: María Noval.
algunos huesos se encontraban cubiertos parcialmente por costra estalagmítica, lo que dificultó en gran medida su extracción, obligándonos a usar “maquinaria pesada”, como sierras radiales. Por suerte, el volumen de material recuperado fue muy alto (más de mil restos) y, tras una prospección exhaustiva de toda la cavidad, se llegó a la conclusión de que se había recuperado prácticamente todo el patrimonio paleontológico de la cavidad. La suerte que corrió la cueva tras su excavación fue bastante triste: las obras obligaron a destruirla, pues estaba situada justo en medio del trazado de la autovía. Además de su valor paleontológico, la cueva poseía galerías de gran belleza, con desarrollos de estalactitas y estalagmitas, gours… una lástima. Por supuesto, este tema podría suscitar un acalorado debate (de hecho, la prensa se hizo eco de ello), pero no es mi intención entrar en esa polémica.

Pelvis y húmero de rinoceronte lanudo cubiertos parcialmente de costra
estalagmítica (izda.); cráneo de cabra en superficie. Fotos: Diego Álvarez Lao.
Restauración de una mandíbula de
rinoceronte. Foto: Diego Álvarez Lao
Tras la excavación, vino la fase del trabajo de laboratorio, que consistió en la limpieza, consolidación, restauración (en ocasiones, reconstrucción), siglado y elaboración de la base de datos, de los más de mil restos recuperados. Una labor ardua, pero un auténtico placer poder trabajar con materiales de semejante calidad.
A continuación, y ya con el material perfectamente en condiciones, se procedió al estudio paleontológico de este magnífico conjunto faunístico, cuyos principales resultados se expondrán en la siguiente entrada.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Gamos y otras faunas de épocas interglaciares


Aunque normalmente en este blog se tratan temas relativos a la fauna propia de los momentos glaciares, en esta entrada voy a hacer una excepción para hablar de los episodios interglaciares.

Se conocen como interglaciares las épocas templadas que acontecieron entre dos glaciaciones. El momento templado actual u Holoceno constituye, para muchos autores, un interglaciar, aunque otros prefieren denominarlo “postglacial”, ya que no hay evidencia clara de que vuelva a producirse otra glaciación. Durante el último interglaciar (acontecido entre 130.000 y 90.000 años antes de la actualidad, aproximadamente) las temperaturas llegaron a ser superiores a las actuales, encontrándose especies como el hipopótamo, el macaco y otras indicativas de climas cálidos, en gran parte de Europa.

La cueva de Camino, perteneciente al conjunto de yacimientos de Pinilla del Valle (Madrid), ha proporcionado un registro fósil con una cronología de 90.000 años, correspondiente al final del último interglaciar. El origen del yacimiento está relacionado con un cubil de hienas, es decir, que fueron estos carnívoros los que acumularon los huesos dentro de la cueva. El conjunto faunístico está compuesto principalmente por ungulados entre los que la especie dominante es el gamo (Dama dama), un cérvido indicativo de clima templado y ambiente forestal. El resto de las especies de ungulados presentes incluyen al ciervo, corzo, jabalí, uro, rebeco, caballo y rinoceronte de estepa. Esta asociación faunística posee gran interés ya que es la única de esta época que se conoce en el centro peninsular, mientras que otros yacimientos ibéricos de la misma cronología se sitúan en el margen mediterráneo.

Dibujo: Diego J. Álvarez Lao
La gran población de gamos constituye el punto de mayor interés de este yacimiento. Se han podido recuperar más de 600 fósiles de esta especie que corresponden a un mínimo de 27 individuos. Esta abundancia de material, unida a la buena conservación de los restos, ha permitido realizar interesantes estudios anatómicos comparativos y clasificar estos gamos a nivel de subespecie como Dama dama geiselana. Esta subespecie, en relación con el gamo actual (del que es su antepasada directa), posee un tamaño ligeramente superior y unas extremidades más esbeltas y alargadas. Sus astas también son bastante diferentes, aunque estas no se han conservado en buenas condiciones en el yacimiento de Camino.

La historia del gamo durante el Cuaternario es muy interesante. Estos cérvidos se extendieron por toda Europa durante los episodios interglaciares, mientras que en las épocas glaciares se retiraban a sus “refugios glaciares”, ubicados en el Mediterráneo oriental y en Asia Menor. Después de cada periodo glaciar, cuando el clima volvía a hacerse benigno, los gamos volvían a expandirse nuevamente por Europa paralelamente a la dispersión de los bosques. Así se fue sucediendo esta expansión y contracción de las poblaciones de gamos a lo largo del Cuaternario. Sin embargo, tras la última glaciación, los gamos no volvieron a recolonizar Europa sino que se quedaron relegados a las mismas áreas en las que se hallaban “refugiados” (Turquía y Asia Menor, principalmente). Este hecho es muy llamativo ya que el clima actual, en la mayor parte de Europa, es favorable para su presencia. ¿Cuál fue entonces la causa de que esta especie no volviese a expandirse por Europa durante el momento templado actual? No está claro, aunque parece muy posible que esté relacionado con la expansión del hombre moderno por toda Europa hace unos 40.000 años.

Los gamos volvieron a colonizar Europa mucho tiempo después, aunque reintroducidos por el propio hombre. Si bien las primeras reintroducciones datan, al menos, de la época del imperio romano, la mayor recolonización se produjo durante los últimos tres siglos. Sobre la historia “reciente” de los gamos, se acaba de publicar un interesante reportaje, cuya lectura recomiendo, en la revista National Geographic titulado “Viajes de ida y vuelta” (número de octubre de 2013, páginas 78-87) en el que se hace una revisión de los “viajes” de los gamos por Europa y Asia a lo largo del Cuaternario, a partir de los citados hallazgos de Pinilla del Valle.

Link al artículo original: http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0031018213000692
Link a la noticia en National Geographic: http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_magazine/reportajes/8636/viajes_ida_vuelta.html

viernes, 23 de agosto de 2013

Las colecciones de comparación

Una de las herramientas fundamentales de un paleontólogo son las colecciones de comparación. Estas se componen de restos de organismos (huesos, por ejemplo) perfectamente clasificados, que nos puedan servir de referencia para comparar y clasificar los fragmentos de otros fósiles que nos encontremos en un yacimiento. Hay también otros instrumentos para llevar a cabo esta misma labor, como son los atlas de fósiles o los trabajos monográficos sobre una especie o grupo, que suelen acompañarse de detalladas fotografías o dibujos. No obstante, una buena colección de comparación siempre es mucho más informativa y útil. Para los paleontólogos que trabajamos en fósiles del Cuaternario, los huesos de animales actuales son de mucha utilidad. Es relativamente fácil conseguir huesos de caballo, de cabra, de vaca o incluso de animales salvajes como el ciervo, corzo, zorro o jabalí. Estos huesos tendrán un gran valor a la hora de identificar los fragmentos de hueso de estos mismos animales que se encuentren en un yacimiento. La compilación de huesos para la formación de colecciones de comparación es una de las labores de los paleontólogos que trabajamos en vertebrados del Cuaternario, y he de confesar que es un trabajo muy entretenido y gratificante. No obstante, para las especies extinguidas el tema es más complicado: no es posible conseguir un hueso de mamut actual, ya que hace milenios que se han extinguido. En estos casos las colecciones de comparación se deben constituir con ejemplares fósiles (si se tiene la fortuna de conseguirlos) o, en su defecto, con réplicas hechas en materiales artificiales. Hay especies que, aunque actualmente hayan desaparecido en extensas áreas geográficas, aún sobreviven en ciertas regiones restringidas. Este es el caso de, por ejemplo,
Reno (Rangifer tarandus)
Foto: Diego J. Álvarez Lao
el reno. En las épocas más frías de la última glaciación este cérvido se extendía por toda Europa, llegando a alcanzar el norte de la Península Ibérica (ver entrada anterior). Tras el fin de las glaciaciones, esta especie no desapareció totalmente, sino que restringió su distribución a las regiones árticas de Escandinavia, Siberia y Norteamérica. Hoy en día los renos, salvajes o semi-domésticos, aún son frecuentes en esas zonas. Por eso, nada mejor que aprovechar un viaje a estos territorios para buscar restos de sus huesos. Precisamente eso es lo que he tenido la oportunidad de hacer en un viaje a la Laponia noruega realizado hace un par de semanas. Los renos se encuentran por el verano en las áreas costeras y es relativamente fácil tropezase con ellos, sobre todo en el zona comprendida entre las localidades de Alta y Hammerfest. Viajando tranquilamente en coche y realizando paradas puntuales en las áreas donde se encuentran estos animales, no hay más que darse un paseo prospectando el suelo y no es difícil encontrar huesos de esta especie (tal como puede ocurrir en los campos de Castilla con los huesos de oveja). 
Recogiendo huesos de reno
en Laponia, Noruega.
Foto: Cristina Heres 
En un solo día de recolección fue posible reunir un interesante conjunto que incluye restos craneales y poscraneales de varios individuos (ver foto). Una colección de este tipo nos permite, además, estudiar la variación individual de talla entre machos y hembras o entre individuos jóvenes y adultos, lo cual proporciona una interesante información de carácter poblacional.


Restos de reno recopilados en un día.
Foto: Diego J. Álvarez Lao
Las grandes instituciones científicas como universidades o museos poseen, por lo general, las mejores colecciones de comparación de ejemplares, tanto actuales como fósiles, recopiladas durante décadas por personal especializado. Como ejemplo podría mencionar el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Holanda, en Leiden, que posee la mayor colección del mundo de restos de mamut lanudo, constituyendo un lugar idóneo para estudiar la anatomía esquelética de esta especie. Las colecciones de comparación no sólo son útiles al paleontólogo, sino también al naturalista que tenga interés por clasificar los restos aislados que se encuentre en el campo o costa, bien sean huesos de grandes mamíferos, de micromamíferos, de aves, plumas, conchas, escarabajos o cualquier otro organismo. Pero ojo, sólo se deben recoger siempre que sean restos de ejemplares ya muertos, pues la vida de un animal es más valiosa que cualquier colección. Hay que tener en cuenta, además, que los restos que pertenecen a especies protegidas por la ley (lobos, osos, águilas, etc.) no deben recogerse, sino que se debe informar de su hallazgo a las autoridades. Teniendo en cuenta estas limitaciones, animo a todo el mundo que se inicie en la compilación de estas colecciones, un hábito muy entretenido a la vez que instructivo.

 

jueves, 20 de junio de 2013

El yacimiento paleontológico de La Rexidora, en Cuerres (Ribadesella, Asturias): resultados preliminares

A continuación se incluye un texto recientemente publicado en la revista “La Plaza Nueva” (nº 35, páginas 57-59), de Ribadesella, acerca de un nuevo y extraordinario yacimiento con fauna de la edad del hielo, hallado en en el área oriental de Asturias.

Cráneo de hiena (Crocuta crocuta)
Foto: Diego J. Álvarez Lao
El área costero-oriental de Asturias ha sido una de las que más información nos ha proporcionado acerca de la prehistoria de nuestra región. Este hecho se fundamenta principalmente en la existencia de grandes masas de rocas calizas que componen una parte importante de dicho territorio. El clima húmedo y templado de Asturias propicia la disolución de las calizas dando lugar a un intenso modelado cárstico que se traduce en la formación de infinidad de cuevas y simas. Estas cavidades constituyen el medio ideal para que los vestigios de tiempos prehistóricos se conserven y lleguen hasta nuestros días. En este sentido, el concejo de Ribadesella ha sido y es clave para conocer los detalles ambientales y antropológicos de la Asturias prehistórica, preservados en cuevas tan notables como La Lloseta, Tito Bustillo, Les Pedroses, El Cierro y un largo etcétera.

En el verano del pasado año 2012, el hallazgo de un notable yacimiento paleontológico en la riosellana localidad de Cuerres, durante las obras de acondicionamiento de un terreno, ha vuelto a poner de manifiesto la importancia de la zona costero-oriental de Asturias en materia de riqueza prehistórica. Aunque el estudio está aún en curso, la recuperación de más de 150 restos recogidos en superficie durante dos visitas a la cavidad nos permite presentar algunos resultados preliminares y hacer una primera evaluación de su importancia. La entrada a la cavidad en la que se localiza el yacimiento consiste en una estrecha chimenea vertical, de unos cuatro metros de altura, que atraviesa una masa de rocas calizas. Al fondo se encuentra una angosta galería horizontal excavada en sedimentos arcillosos en los que se conservan numerosos restos óseos de gran tamaño. Dado que los sedimentos arcillosos se encuentran taponando buena parte de las galerías secundarias, no es posible aún conocer con claridad la morfología original de la cavidad, pero tanto el aspecto de la parte visible como la geomorfología del entorno (en la que no se reconoce la presencia de cuevas) nos hacen pensar que esté en relación con una sima. Los restos recuperados, que corresponden en su totalidad a huesos de grandes mamíferos, se encuentran en un grado de conservación excelente, lo cual nos indica que el yacimiento no ha sido generado por la actividad de humanos ni de carnívoros ya que, en ambos casos, los huesos estarían destrozados con objeto de extraerles la médula, que constituye un alimento muy nutritivo. Además, un primer análisis de los huesos no ha mostrado presencia de marcas producidas por herramientas líticas ni por la dentición de carnívoros. Esto, unido a la morfología de la cavidad, nos sugiere que, con toda probabilidad, el yacimiento se corresponde con lo que se conoce como una trampa natural, es decir, una sima o pozo natural en el que los animales se caerían accidentalmente, muriéndose bien del golpe producido en la caída o bien por inanición, al no poder salir del pozo.

Cráneo de bisonte de estepa (Bison priscus)
Foto: Diego J. Álvarez Lao
Las especies presentes en la acumulación de huesos corresponden mayoritariamente a mamíferos herbívoros entre los que destaca, por su abundancia, el bisonte. Otras especies presentes son el rinoceronte lanudo, el ciervo y la hiena. Esta última, el único carnívoro presente en el conjunto, nos ha proporcionado un cráneo con sus mandíbulas excepcionalmente bien conservados. Respecto a las condiciones ambientales en la época en que se produjo el depósito de huesos, la presencia de numerosos restos de rinoceronte lanudo nos indica que el clima era muy frío y árido, evidenciando que dicho depósito se produjo durante la última glaciación, época denominada Pleistoceno Superior y conocida popularmente como la “Edad del Hielo”. Esto es de especial interés ya que no son muchos los yacimientos asturianos que muestran evidencias de fauna propia de los momentos glaciares. El rinoceronte lanudo correspondía a un conjunto de faunas entre los que también estaban el mamut lanudo y el reno. Estas últimas especies se han encontrado en yacimientos geográficamente cercanos, tanto en evidencias fósiles como en representaciones rupestres (el reno, sin ir más lejos, aparece magníficamente representado en la cueva de Tito Bustillo).

Estas faunas resultarían espectaculares a nuestros ojos. El ciervo, aunque pertenecía a la misma especie que el actual ciervo de Asturias (Cervus elaphus), tenía un tamaño mucho mayor, como respuesta al clima frío en el que vivía. La hiena también correspondía a la misma especie que la actual hiena manchada africana
Molares de rinoceronte lanudo
(Coelodonta antiquitatis)
Foto: Diego J. Álvarez Lao
(Crocuta crocuta), aunque su tamaño y robustez, también condicionados por el clima frío, eran muy superiores. El bisonte pertenecía a una especie que se extinguió hace unos 10.000 años, denominada bisonte de estepa (Bison priscus), cuyo aspecto sería semejante al del actual bisonte europeo, aunque su talla sería mayor, su joroba más pronunciada y sus cuernos mucho más grandes. Este bisonte es el mismo que los artistas paleolíticos representaron magistralmente en tantas cuevas, destacando las de Covaciella y Altamira. El rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis), extinguido hace unos 12.000 años, tenía un tamaño semejante al del actual rinoceronte blanco africano, aunque su joroba era mucho más elevada, su cuerno nasal mucho más largo y aplanado (como una daga), y su cuerpo estaba cubierto por un espeso pelaje, como adaptación al clima extremadamente frío en el que vivía. La presencia de estos animales nos indica que, en la época en que vivieron, el paisaje asturiano era muy diferente al que conocemos actualmente. La mayor parte del territorio estaba cubierta por una vegetación de tipo esteparia en la que los árboles (principalmente coníferas) serían muy escasos. La vegetación iría desapareciendo conforme aumentaba la altitud, mientras que las áreas de alta montaña estarían coronadas por los glaciares. El ambiente sería muy frío y árido, con temperaturas comparables a las que se pueden encontrar actualmente en el norte de Laponia.

Huesos de bisontes (fila de arriba y centro) y de rinoceronte
lanudo (Fila de abajo). Foto: Diego J. Álvarez Lao
Respecto a la antigüedad de este yacimiento, la asociación faunística nos sugiere una posible edad de unos 30.000 a 40.000 años, ya que esta es la franja temporal en la que, con más frecuencia, se han hallado restos de rinoceronte lanudo en otros yacimientos de la cornisa Cantábrica. No obstante, la edad no podrá conocerse con precisión hasta que se realicen dataciones absolutas por el método del carbono 14, lo cual está previsto para próximas campañas de estudio.

Este hallazgo se suma a otro de características muy similares descubierto un año antes en la localidad de Puertas de Vidiago, en el vecino concejo de Llanes. Este yacimiento, cuyo estudio será publicado en fechas próximas, también correspondía a una trampa natural en la que se acumuló un conjunto de faunas durante un momento muy frío. A semejanza de la sima de Cuerres, el rinoceronte lanudo también tenía una presencia muy destacada en dicho conjunto. Ambos yacimientos, ubicados en el área costero-oriental asturiana, poseen un alto valor paleontológico y nos han aportado una información de primer orden para comprender las condiciones ambientales de Asturias durante los momentos más fríos de la última glaciación.

Diego J. Álvarez Lao. Profesor de Paleontología de la Universidad de Oviedo.

domingo, 2 de junio de 2013

Ser paleontólogo

En esta entrada pretendo hablar un poco de la labor del paleontólogo, desde el punto de vista del estudio de los vertebrados del Cuaternario (que es el que mejor conozco).

Antes de nada habría que preguntarse ¿por qué nos resulta atractiva la paleontología? Aunque es evidente que los fósiles son muy atractivos de por sí, realmente esta pregunta nos lleva a nuestra niñez. Raro es el niño al que no le resultan atractivos los dinosaurios. Habrá también muchos a los que les atraigan los mamuts, los trilobites y, en general, animales espectaculares que ya no existen. La paleontología excita nuestra imaginación, nos hace pensar en mundos y seres diferentes pero reales, faunas que habitaron el mismo espacio en que vivimos nosotros, pero hace muchísimos años. Es una especie de ciencia ficción, pero no es ficción. Ese matiz de no-ficción es lo que le hace atrayente no solo a los niños sino también a muchos adultos. Además, es una ciencia en la que todavía hay mucho por conocer, por lo que la búsqueda de fósiles nos brinda la permanente oportunidad de descubrir algo nuevo, algún aspecto que nos permite conocer con más precisión ese mundo fantástico pero real que aconteció a nuestros pies hace miles o millones de años.

Excavando un cráneo en el interior de una cueva
Foto: Javier Calzada
El estudio del Cuaternario tiene, desde mi punto de vista, un atractivo adicional: el Cuaternario es el mundo en el que vivimos actualmente, es mucho más cercano en el tiempo y sus faunas no son muy diferentes de las actuales, de hecho muchas de las especies que vivieron durante la edad del hielo aún sobreviven hoy en día. No estamos hablando de tiempos lejanos, como el Jurásico, donde los seres que dominaban el planeta (dinosaurios, ictiosaurios, plesiosaurios…) eran radicalmente diferentes a todo lo que conocemos actualmente, sino de un mundo muy semejante al nuestro. En el Cuaternario, además, había también especies que nos resultarían espectaculares si las viésemos hoy, como el ciervo gigante, el oso de las cavernas, el mamut o el rinoceronte lanudo, las cuales se han extinguido en tiempos geológicamente muy recientes, hace unos diez milenios o menos. También hay otras especies que hoy se encuentran relegadas a las regiones árticas del planeta, como el reno o el buey almizclero, y que hace unos pocos milenios campaban por nuestra tierra. Resulta también apasionante para el estudioso del Cuaternario saber que nuestros antepasados Homo sapiens, anatómicamente idénticos a nosotros, vivían en las cuevas de nuestra región y compartían el territorio con estos animales, a los cuales representaron magistralmente en las paredes de las cuevas. Este detalle nos hace mucho más cercano este mundo tan diferente al que conocemos.
La paleontología del Cuaternario, por ser tan cercana en el tiempo, nos proporciona una información muchísimo más abundante y precisa, por lo que se requiere la participación de equipos multidisciplinares que se ocupen de los diferentes aspectos de cada yacimiento. Para empezar, es necesario el trabajo de varios paleontólogos que se dediquen al estudio de los fósiles de diversos grupos de animales: grandes mamíferos, micromamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, moluscos… (aunque no siempre tenemos la suerte de contar con especialistas en todos estos campos); los paleoantropólogos se ocupan del estudio de los fósiles humanos (cuando se tiene la inmensa fortuna de encontrarlos); los arqueólogos estudian los vestigios de actividad humana en el yacimiento (restos de herramientas líticas, restos de alimentación, arte rupestre, etc.). Otros especialistas cuya aportación es muy importante son los palinólogos, (estudian el polen y esporas y, por consiguiente, la vegetación que había), los antracólogos (estudian los carbones vegetales), los sedimentólogos (estudian el origen de los sedimentos en los cuales se hallan los fósiles), los restauradores (encargados de reconstruir y consolidar las piezas que se han extraído), los geocronólogos (que nos van a decir con precisión cuál es la edad de los fósiles) y otros. En los equipos, además de especialistas, también suele haber un buen número de estudiantes que ayudan en las tareas de excavación, lavado del sedimento, limpieza de las piezas, restauración de las piezas, siglado, realización de bases de datos, etc., al tiempo que van aprendiendo. Así que los equipos de Cuaternario solemos constituir una “gran familia”, aunque no siempre tenemos la suerte de poder reunirnos equipos tan grandes de especialistas.

Los yacimientos cuaternarios pueden ser de diversos tipos, aunque la mayoría de ellos corresponden a dos
Excavación al aire libre en Pinilla del Valle (Madrid)
Foto: Diego J. Álvarez Lao
tipos principales: yacimientos al aire libre y cuevas. Los yacimientos al aire libre frecuentemente correspondieron originalmente a cuevas o simas que, con el tiempo, colapsaron y dejaron sus sedimentos expuestos al exterior. Este es el caso, por ejemplo, de los yacimientos de Pinilla del Valle. Las condiciones de trabajo son más fáciles, aunque uno se expone a los imprevisibles agentes atmosféricos: calor excesivo (las excavaciones se realizan normalmente en verano), lluvia, etc. En el interior de las cuevas el tema se complica más, pues a menudo el terreno es más abrupto y hasta peligroso. Hay que contar, además, con iluminación eléctrica y con una vestimenta impermeable que nos permita resguardarnos de la humedad, así como un casco que nos proteja de las (frecuentes) colisiones con estalactitas y otros accidentes del terreno. Pero todas las dificultades se olvidan rápidamente en el momento que nos enfrentamos a la excavación del terreno, momento realmente emocionante en el que comienza la búsqueda de vestigios que llevan ocultos desde hace milenios, restos que nos van a dibujar un paisaje con sus animales, sus plantas, sus pobladores humanos, su tipo de vida, etc. Es, realmente, una continua sucesión de sorpresas, nunca sabes si un centímetro más abajo vas a encontrar el diente de reno que te indique que el clima era glacial, o el molar de hiena que te confirme que la cueva estuvo habitada por estos grandes carnívoros, o la herramienta de piedra que dé testimonio de que allí vivieron los neandertales... Este es, sin duda, otro de los aspectos que hacen tan atractivo el trabajo del paleontólogo.

Tras el trabajo en el yacimiento viene la fase del laboratorio: nuestros “tesoros” han de ser lavados, consolidados (es decir, endurecidos para que no se disgreguen), reconstruidos (si es necesario), y siglados. Y, por último, el trabajo del verdadero especialista, es decir, la identificación, clasificación, estudio e interpretación de los restos extraídos. Esta parte suele culminar con la publicación de artículos científicos en revistas internacionales, para que toda la comunidad científica pueda conocer nuestras investigaciones. Posteriormente viene la fase de divulgación, en la que el yacimiento se da a conocer al público por la vía de conferencias, televisión, periódicos, revistas, exposiciones, etc. Esta fase es realmente muy importante para que los ciudadanos tomen conciencia del valioso patrimonio que tienen bajo sus pies. También es muy importante para despertar vocaciones en algunos niños y jóvenes que quizá empiecen a orientar su vida con el objetivo de convertirse en paleontólogos.

Una pregunta que posiblemente puede estar ahora en la cabeza de quienes lean esto es la siguiente: ¿es posible vivir de la paleontología?” Mi respuesta sería que sí. Aunque, como toda labor investigadora, requiere un gran sacrificio personal, mucha motivación y, sobre todo, mucha paciencia. Hay que tener claro en todo momento que nos queremos dedicar a esto. Al principio es normal que pueda haber dudas, pero cuanto más se profundiza en la investigación, más se lea y más se conozca, uno acabe por “engancharse” cada vez más y más de su tema de investigación. Si ocurre así, uno puede estar seguro de que está en “el camino” y no perdiendo el tiempo. Sólo resta hacer bien el trabajo y tener paciencia, y el tiempo acaba dando sus frutos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

El rinoceronte lanudo en la península Ibérica


Ya hemos hablado extensamente de la denominada “fauna del mamut” en entradas anteriores. También hemos comentado que durante los episodios de frío más intenso del Pleistoceno Superior, este particular conjunto de faunas se desplazó hacia el sur alcanzando la península Ibérica. Hoy vamos a hablar de otro de sus más famosos y emblemáticos integrantes, el rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis). Junto con el mamut lanudo comparte, entre otras cosas, el triste destino de ser una de las especies, que se extinguió al final de las glaciaciones. El rinoceronte lanudo poseía un tamaño grande, comparable al actual rinoceronte blanco africano. Como peculiaridades respecto a los rinocerontes actuales, presentaba una elevada joroba y, lo que le ha hecho más famoso, una espesa capa de pelo y lana que le recubría todo el cuerpo. Los ejemplares congelados que se han hallado en Siberia nos han permitido saber que sus orejas eran muy pequeñas, lo que constituía una perfecta adaptación al clima frío (evita la pérdida de calor corporal). Poseía dos cuernos, uno frontal y uno nasal muy largo y aplanado, con forma de cimitarra.
Rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis)
Dibujo: Diego J. Álvarez Lao
La presencia de este gran herbívoro ha sido detectada en un total de 25 yacimientos ibéricos, dos de los cuales se han descubierto en tiempos muy recientes en Asturias (hablaremos más extensamente de ellos en futuras entradas, pues nos han proporcionado un material excepcional). Aunque no se ha llegado a encontrar ningún esqueleto completo, sí que han aparecido algunos cráneos relativamente bien conservados, así como mandíbulas, huesos de extremidades y, sobre todo, dientes. Estos restos han sido comparados con ejemplares de otras localidades europeas. Los análisis morfológicos y biométricos llevados a cabo en los ejemplares ibéricos nos demuestran que no difirieron significativamente de los individuos de otras poblaciones europeas, sino que representaron la parte más occidental del área continua de distribución de esta especie en Eurasia.
Las dataciones nos han permitido saber que los rinocerontes lanudos entraron por primera vez en nuestra península hace unos 150.000 años (a finales del Pleistoceno Medio), aunque tenemos pocos datos de esa época más antigua. La mayor abundancia de hallazgos de esta especie se registra entre hace unos 40.000 y 30.000 años (estadio isotópico 3). Los vestigios más modernos de esta especie en la península Ibérica pueden ser fechados alrededor de los 20.000 años antes de la actualidad. La presencia de rinoceronte lanudo en la Península Ibérica se correlaciona con períodos de condiciones climáticas extremadamente frías y áridas, que han sido documentados previamente en otras fuentes de información paleoclimática.
Desde el punto de vista de la paleobiogeografía, su máxima extensión hacia el sur en la Península Ibérica alcanzó la latitud de Madrid (aproximadamente 40º de latitud norte). No obstante, la gran mayoría de los hallazgos se restringieron a las regiones del norte de Iberia (cornisa Cantábrica y Cataluña).
Se ha analizado también la ecología del rinoceronte lanudo en tierras ibéricas (es decir, qué otras especies vivían en su mismo entorno y época) y se ha llegado a la misma conclusión que para el mamut lanudo: el conjunto de especies que acompañaban al rinoceronte lanudo, según ha podido registrarse en los yacimientos ibéricos, no estaba formado exclusivamente por otras faunas de clima frío, como cabría esperar, sino que estaba dominado por especies propias de un clima más templado, entre las que el ciervo solía ser la más común. Al igual que se ha argumentado para el mamut, en los episodios de frío y aridez extremos la fauna del mamut se desplazó hacia el sur, aunque éste no fuese su hábitat más adecuado, ya que los mantos de hielo cubrían extensas áreas del centro y norte de Europa, impidiéndoles encontrar pastos. Se desplazaron, por tanto, en busca de espacios que les proporcionasen alimento, no por el frío en sí, al que estaban bien adaptados. En este desplazamiento hacia el sur, la fauna del mamut procedente del norte no pudo desplazar a los habitantes “autóctonos” de la península, por lo que se mezclaron con ellos. Esta particular mezcla de especies, que no refleja la típica composición de la fauna del mamut y que, hasta la fecha, tan solo se ha registrado en nuestra península, apoya la idea de que el rinoceronte lanudo, al igual que el mamut lanudo, solo llegó al territorio Ibérico ocasionalmente, durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior, mezclándose con las faunas autóctonas en vez de reemplazarlas.
 
Link al artículo original: http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0277379111001417

lunes, 8 de abril de 2013

Mitos y verdades acerca de los mamuts


El hallazgo de restos de mamuts en Siberia y Europa ha sido objeto de mitos, creencias y leyendas diversas a lo largo de siglos, hasta que la ciencia consiguió dar explicaciones lógicas. Vamos a hacer un repaso de algunos de los episodios más llamativos en la historia del conocimiento de estos gigantes lanudos.

Los primeros en conocer la existencia de los restos de mamuts lanudos fueron los pueblos nativos de Siberia. Desde hace siglos estas gentes conocían sus restos, esparcidos por toda Siberia, que afloran en el terreno durante los veranos cálidos en los que la superficie del permafrost (suelo permanentemente congelado) se descongelaba temporalmente. No sólo los conocían sino que, además, les interesaba encontrar las defensas de mamut, que les proporcionaban el preciado marfil, objeto de comercio desde hace dos milenios. Las creencias de estos pueblos nativos de Siberia acerca del origen de los huesos de mamut eran variadas e imaginativas. Para la mayoría de ellos, estos huesos pertenecieron a ratas gigantes que habitaban en el subsuelo y que, a semejanza de los vampiros, morían cuando se veían expuestos a la luz solar. Los dolgans, pueblo de la península de Taymir, aún hoy mantienen la creencia de que es peligroso perturbar los restos de una criatura a la que veneraban sus antepasados, por lo que jamás desenterrarían un mamut, aunque sí pueden recoger las defensas que encuentran en la tundra, para vender su marfil. Para los dolgan la naturaleza de la tierra es sagrada, les está incluso prohibido cavar un hoyo para plantar un árbol, creen que es un sacrilegio.

Otro pueblo indígena del noreste de Siberia, los Yukagir, mantenían aún en el siglo XIX una imaginativa teoría sobre los mamuts. Para ellos no eran animales subterráneos, sino que habían vivido en la superficie terrestre y luego se habían extinguido (hasta aquí estaban en lo cierto). Según su tradición, sostenían que su tamaño y su fuerza habían sido su perdición, ya que su voracidad les había llevado a terminar con todos los árboles de la tierra, transformando el paisaje siberiano en una tundra desarbolada. Los pantanos y terrenos anegadizos de esta tundra habrían constituido, además, una trampa mortal, ya que se habrían tragado a los propios mamuts, cuyos cuerpos se congelarían durante el invierno. Así podían explicar la abundancia de huesos de mamuts en el suelo siberiano.

Pero los restos de mamuts no sólo se hallaban en Siberia, sino también en Europa, donde muchos creían que estos grandes huesos (tanto de mamut como los de otros elefantes fósiles o incluso de dinosaurios) habían pertenecido a monstruos o a gigantes. Se cree, de hecho, que el mito de los cíclopes procede del hallazgo de huesos de mamuts y elefantes, pues su cráneo posee una gran cavidad en posición central (en la base de la trompa) que, según se creía, podía constituir la cuenca ocular del único ojo de estos gigantes.

Tanto o más imaginativas resultan algunas tradiciones de la iglesia, especialmente en España, donde los restos de grandes vertebrados llegaron a venerarse como reliquias de santos. Así, en el siglo XV, la iglesia de Valencia sacaba en procesión por sus calles un molar de mamut que, se creía, era un diente de San Cristóbal. Esta creencia está más extendida de lo que se cree y aún hoy, en muchas iglesias de España, se conservan fósiles de grandes vertebrados como reliquias de santos. 

No fue hasta finales del siglo XVII cuando unos restos de mamut hallados en Alemania fueron identificados, por vez primera, como pertenecientes a un tipo de elefante. Tampoco faltaron entonces las teorías imaginativas: algunos intelectuales de la época, como Pedro el Grande, sugirieron que los restos de mamuts hallados en Europa y Siberia pertenecieron a elefantes extraviados de las tropas de Alejandro Magno. Otros aseguraban que se trataba de elefantes africanos que habían sido barridos hacia en norte durante la inundación ocurrida en el diluvio universal, descrita en la Biblia.

Primera representación del mamut de Adams, realizada
a partir de descripciones indirectas. Fuente
Por fin, a finales del siglo XVIII, el gran paleontólogo francés Georges Cuvier, realizó un estudio comparativo concluyendo que los restos de mamut eran diferentes a los del elefante africano y que estaban adaptados para vivir en el clima frío, lo que echaba por tierra las teorías anteriores. A comienzos del siglo XIX se recuperó el primer cadáver de mamut que aún conservaba piel y pelo. Este ejemplar se descubrió en 1799 aunque, debido a la dificultad para realizar grandes expediciones de rescate en aquel entonces, no pudo ser recuperado hasta 1806. Este extraordinario hallazgo se bautizó como el mamut de Adams en honor al científico que recuperó sus restos, Michael Adams. Cuando por fin llegó al cadáver del mamut, siete años tras su descubrimiento, sólo pudo recuperar sus huesos, la mayor parte de la piel y buena parte del pelo. La mayor parte de la carne había sido arrancada por los habitantes de la zona para alimentar a los perros; otra parte había sido devorada por osos, lobos y zorros. No obstante, aquel hallazgo fue el primero que añadió pelo al concepto que entonces se tenía del mamut, indicando su avanzada especialización al frío. Las defensas del mamut de Adams fueron vendidas a un mercader de Yakutsk, a quien debemos la primera y muy fantástica representación  de un mamut (que acompaña esta entrada), basada en descripciones indirectas, en la que se dibujaron las orejas puntiagudas, las defensas divergentes a ambos lados, sin trompa y con pezuñas que recuerdan más bien a las de un bóvido. En general, el aspecto recuerda al de un cerdo un tanto extraño. El mamut de Adams aún se exhibe en el Instituto de Zoología de San Petersburgo.

Desde entonces, la abundancia de hallazgos y de estudios minuciosos, especialmente a partir del siglo XX, nos han ido permitiendo conocer cada vez mejor las características físicas, modo de vida y demás vicisitudes de estos animales. No obstante, aún hoy existen ciertos tópicos falsos y ampliamente extendidos sobre los mamuts, como el de que su tamaño era gigante o que pasaban su vida sobre la nieve y el hielo. El mamut lanudo era un elefante que desarrolló unas adaptaciones muy avanzadas para vivir en un clima frío y árido, pero compartía muchos rasgos comunes con el elefante asiático, que es su pariente vivo más próximo, por ejemplo su talla: la altura del mamut adulto se situaría aproximadamente entre 2,50 y 3,20 m, muy semejante a la del elefante asiático. Respecto a su hábitat, hay que tener en cuenta que es un animal herbívoro, por lo que no podría vivir continuamente sobre los hielos, ya que no encontraría alimento. Por el contrario, vivía en un paisaje cubierto de vegetación herbácea, donde los árboles serían muy escasos, conocido como “tundra-estepa”. En invierno, debido al intenso frío, este paisaje estaría cubierto de nieve, pero la aridez del clima impediría que la cubierta de nieve fuera muy gruesa, pudiendo apartarla fácilmente con sus defensas para acceder a la hierba que crecía debajo.

Actualmente existe una ingente literatura sobre los mamuts lanudos, desde publicaciones puramente científicas hasta literatura para niños, pasando por toda la gama de lecturas divulgativas. Incluyo aquí debajo las referencias de dos libros, divulgativos pero rigurosos, que considero indispensables y que, sin duda, permitirán conocer mejor a estos gigantes lanudos:

Adrian M. Lister and Paul G. Bahn, 1994. Mammoths, giants of the ice age. Macmillan, New York.

martes, 12 de marzo de 2013

Los mamuts que llegaron al sur

El mamut lanudo es quizá la especie más emblemática de las glaciaciones. Su paso por la península Ibérica nos dejó un buen número de restos, tal como se describió en la entrada anterior, llegando a alcanzar la latitud de Granada, concretamente el yacimiento de Padul, en su migración hacia el sur durante los momentos más fríos. Sobre este punto nos detendremos algo más en esta entrada.
Mandíbula de mamut de Padul
Foto: Diego J. Álvarez Lao
La turbera de Padul es un entorno peculiar, muy diferente de la imagen que nos podemos hacer del paisaje andaluz. Está situada en Sierra Nevada a una altura entre los 700-800 metros sobre el nivel del mar. Esta altura y el entorno montañoso le confieren unas condiciones ambientales particulares que, durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior, permitieron que los mamuts vivieran aquí. Por aquel entonces, la turbera estaría formada por un terreno anegadizo, encharcado por zonas, en cuyo entorno crecía una vegetación herbácea idónea para su alimentación, creando así un enclave especialmente favorable para esta especie. Eventualmente, algunos de los individuos penetrarían en el interior de la turbera y quedarían atrapados en este terreno anegadizo. Sus cuerpos se enterrarían y, tras miles de años, los paleontólogos pudimos tener acceso a sus huesos muy bien conservados. Estos huesos nos han contado historias interesantes. En primer lugar, nos han permitido saber que los mamuts poblaron la turbera de Padul al menos durante un periodo de unos 10.000 años, ya que las dataciones realizadas nos han proporcionado fechas de entre 30.000 y 40.000 años. No podemos saber con seguridad si se establecieron aquí de forma permanente durante todo este tiempo, pero sospechamos que no lo hicieron. Uno de los motivos que nos llevan a esta idea es el hecho de que la talla de los ejemplares de Padul es igual a la de los mamuts centroeuropeos, con los que se les ha comparado (hemos podido estimar la altura de uno de los ejemplares granadinos en 2,7 m). Si los mamuts de Padul hubiesen permanecido durante diez milenios seguidos, es muy posible que hubieran desarrollado alguna peculiaridad física, concretamente una disminución de talla, en relación con su posición geográfica tan meridional y de acuerdo con la regla biológica de Bergmann, de la que ya se ha hablado en la entrada anterior. Los datos apuntan a que más bien su presencia debió producirse de forma temporal (durante años especialmente fríos), o incluso estacional. Esto último tampoco debería parecernos tan improbable, pues se sabe que los elefantes africanos actuales pueden realizar migraciones estacionales de cientos de kilómetros en busca de alimento y agua. Más aún, los renos actuales del norte de Canadá (más conocidos como caribúes) realizan migraciones de hasta 1.300 Km. al año en busca de pastos adecuados.
Los restos de Padul nos han indicado que corresponden a, al menos, cuatro individuos (hay que tener en cuenta que tan solo se ha investigado una reducida parte de la turbera, por lo que su número real podría ser mucho mayor), constituyendo la población más numerosa de esta especie conocida hasta ahora en la península Ibérica. Desafortunadamente no poseemos esqueletos completos, pero sí que se han podido recuperar tres mandíbulas en muy buen estado, además de una defensa completa (expuesta en el Parque de las Ciencias de Granada) y numerosos restos de huesos de extremidades y molares. El estado de desarrollo de sus dientes y huesos nos ha permitido conocer que los 4 individuos murieron a una edad avanzada, de entre 43 y 55 años, según los ejemplares. Algunos, además, han mostrado claros indicios de padecer enfermedades del hueso, tales como artrosis. Esto nos sugiere que quizá los animales muriesen al caer en la turbera y no poder salir debido limitaciones físicas propias de su edad o de las enfermedades que padecían.
El yacimiento de Padul presenta también especial interés por ser el más meridional de toda Europa que nos ha proporcionado restos de mamut lanudo (situado a la latitud de 37º01’ N), lo cual marca el límite sur de su distribución en nuestro continente. Tan solo un yacimiento, situado al otro extremo del gran continente eurasiático (en China), ha proporcionado restos ligeramente más meridionales de esta especie (a latitud 36º35’N). Las causas de semejante migración, tal como se apuntaba en la entrada anterior, no estarían relacionadas con el intenso frío, al que estos animales estaban bien adaptados, sino con la disponibilidad de alimento: los mamuts migraron al sur durante los momentos más fríos y áridos buscando los ambientes de tundra-estepa disponibles, cuando el norte y parte del centro de Europa se encontraban cubiertos por el hielo.

Link al artículo original: http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0031018209001692

Algunos de los medios nacionales que se hicieron eco de esta noticia: El País, El Mundo, ABC, Agencia SINC, La Nueva España, La Voz de Asturias, El Comercio, Muy Interesante.

jueves, 28 de febrero de 2013

El mamut lanudo en la península Ibérica

Durante las glaciaciones del Cuaternario, toda Europa central y gran parte de Asia estaban dominados por animales propios de clima glacial, un conjunto de especies conocido como “fauna del mamut”, como se ha explicado en entradas anteriores. En los episodios de frío más intenso, las poblaciones de estas especies se vieron obligadas a migrar hacia el sur y, de este modo, podemos constatar la presencia del mamut lanudo (Mammuthus primigenius) en la Península Ibérica. Los primeros hallazgos de esta especie en tierras ibéricas, procedentes de unas minas cántabras, se publicaron ya en el año 1877. Desde entonces hasta hoy, su presencia se ha identificado en 25 yacimientos peninsulares.

Mamut lanudo (Mammuthus primigenius)
Dibujo: Diego J. Álvarez Lao
Aunque estos hallazgos no se correspondan en ningún caso con esqueletos íntegros, se han preservado restos bastante completos de mandíbulas, huesos de extremidades, defensas (mal llamadas colmillos) y, sobre todo, molares. Un estudio anatómico de estos restos nos revela que los mamuts ibéricos son iguales a los de Europa continental, tras compararlos con una extensa muestra procedente principalmente del Mar del Norte y otras localidades. Este hecho presenta cierto interés ya que para muchas especies, como el ciervo, el oso o el halcón; se ha constatado que las poblaciones de latitudes meridionales tienen una talla menor que sus poblaciones nórdicas, como respuesta adaptativa a un clima diferente, de acuerdo con la regla biológica de Bergmann. En el caso del mamut también podría ser esperable que su talla fuese diferente, pero no ha sido así, lo que nos lleva a pensar que muy posiblemente sus poblaciones no hayan estado asentadas en la península Ibérica durante el tiempo suficiente como para desarrollar una disminución de talla. Esto sugiere que los mamuts entraron en la Península durante episodios de tiempo limitado, quizá de forma esporádica coincidiendo con los momentos más fríos, por lo que su mera presencia no significa que se haya asentado aquí de forma permanente.

La evidencia más antigua del mamut lanudo en la península Ibérica ha sido datada, con poca precisión, entre finales del Pleistoceno Medio y comienzos del Superior (entre 150.000 y 100.000 años, aproximadamente), aunque la mayoría de sus hallazgos se registran principalmente entre 45.000 y 20.000 años antes del presente (estadios isotópicos 3 y 2), coincidiendo con las etapas de clima más frío y árido detectadas en los registros paleoclimáticos. El indicio más reciente de su presencia en el territorio ibérico procede de una cueva asturiana y se ha datado en unos 17.500 años antes del presente. La gran mayoría de los hallazgos se sitúan en el norte ibérico (cornisa Cantábrica y Cataluña), aunque su máxima expansión geográfica alcanzó la latitud de Padul, en Granada (a 37º N), que constituye el registro más meridional de esta especie en Europa, sólo superado a nivel mundial por otro hallazgo procedente de China.

Respecto a la ecología del mamut en tierras ibéricas se ha podido constatar un hecho muy interesante: el conjunto de especies que acompañaban al mamut lanudo, según ha podido registrarse en los yacimientos ibéricos, no estaba formado por otras faunas propias de clima frío, como cabría esperar, sino que estaba dominado por especies propias de un clima más templado entre las que el ciervo solía ser la especie más común. Si bien otras faunas “glaciales”, como el rinoceronte lanudo o el reno, podían estar presentes en el conjunto, su proporción era siempre muy pequeña. Durante las glaciaciones, las especies propias de climas templados (como el ciervo o el jabalí) se refugiaron en las áreas más meridionales de Europa (penínsulas Ibérica, Itálica y Balcánica), huyendo del frío. Pero en los episodios de frío y aridez extremos, incluso la fauna del mamut se desplazó también hacia el sur, aunque éste no fuese su hábitat más adecuado, ya que los mantos de hielo cubrían extensas áreas del centro y norte de Europa, impidiéndoles encontrar pastos. No se desplazaron por el frío en sí, al que estaban bien adaptados, sino por la falta de espacios que les proporcionasen alimento. Este desplazamiento hacia el sur encontró su límite en la península Ibérica por cuestiones meramente geográficas: los “visitantes” del norte no pudieron desplazar a las habitantes “autóctonos” de la península (que no podían cruzar el estrecho para dirigirse más al sur) y tampoco los sustituyeron, sino que se mezclaron con ellos. Esta particular mezcla de especies, que no refleja la típica composición de la fauna del mamut y que, hasta la fecha, tan solo se ha registrado en nuestra península, apoya la idea de que el mamut lanudo solo llegó al territorio Ibérico ocasionalmente, durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior, dando lugar a una mezcla de faunas frías y templadas, en vez de producir un reemplazamiento faunístico.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Asturias primigenia

Un fin de semana del pasado noviembre tuve la buena idea de darme un paseo por el suroccidente Asturiano, una de las zonas más salvajes y primigenias de la península Ibérica y quizá también de Europa occidental. Cuando digo primigenia quiero decir que apenas ha sido modificada por la mano del hombre y que se mantiene prácticamente igual a como debía de estar hace 8.000 o 9.000 años, justo tras la última glaciación, cuando el clima ya era templado y el hombre apenas había dejado aún su huella en el paisaje.
El lugar que tuve la suerte de visitar es el bosque de Monasterio de Hermo, un inmenso hayedo de más de 1.500 hectáreas que constituye una extensión del Bosque de Muniellos, formando en su conjunto una auténtica selva de más de 5.000 hectáreas de bosque caducifolio. El haya es el árbol mayoritario en este bosque, constituyendo uno de los mayores hayedos de la Península Ibérica y de Europa. En otoño, las hayas, robles y resto de los árboles exhiben toda una variedad de colores que van desde los ocres dorados hasta los sienas rojizos, pasando por toda la gama de amarillos y marrones. Una auténtica delicia para la vista.
Oso pardo (Ursus arctos)
Foto: Diego J. Álvarez Lao
La vida animal en el bosque también se encuentra perfectamente preservada. Todo el camino me acompañó una gran cantidad de aves, como carboneros garrapinos, carboneros comunes, herrerillos, arrendajos, camachuelos, pinzones, etc.; que alegraron la vista y el oído. Un lugareño me explicó que los urogallos aún son frecuentes por la zona, aunque no tuve la suerte de cruzarme con ninguno. Respecto a los mamíferos, el repertorio fue no menos numeroso: pequeños mamíferos como ardillas aparecían como duendecillos por entre las ramas de los árboles, portando sus peludas colas que abultan casi tanto como sus cuerpos. Los corzos hacían presencia regularmente, cruzándose por el camino y mostrando sus blancos y llamativos traseros. Lucían su tupido pelaje invernal y los machos ya habían perdido las astas. A lo largo del camino me encontré también las huellas de otros mamíferos que pasaron por allí: pisadas de jabalí, excrementos de zorros, lobos y un gran excremento de oso, inconfundible por su tamaño y por su contenido (exclusivamente restos de hayucos).
Pero el plato fuerte del día aún estaba por llegar: en un punto del camino, apenas a unos 30 - 40 metros de mí, apareció el inmenso cuerpo de un oso comiendo tranquilamente los hayucos del suelo. Tras él, pude ver un osezno de tamaño mediano, dejando claro que se trataba de una hembra con su cría, ya crecida. Esto hacía la situación claramente peligrosa, ya que las madres con oseznos son muy protectoras y pueden ser agresivas. No me hubiera gustado vérmelas con semejante animal que, a estas alturas del otoño y con su cuerpo bien alimentado, bien podría pesar más de 150 kilos. Su pelaje era espeso, largo, de un tono castaño oscuro. En un momento dado, la madre paró de comer y fijó su vista en mí, con aparente tranquilidad. Me observó durante unos segundos (que se me hicieron eternos) y decidió que era mejor cambiar de emplazamiento por lo que, tranquilamente, se dio la vuelta y se adentró con su osezno en lo más profundo del bosque. Fueron apenas un par de minutos en los que sentí el verdadero palpitar de la naturaleza más agreste que aún sobrevive en nuestras tierras. Un par de minutos en los que me trasladé directamente a la prehistoria, a los tiempos en los que el impacto del hombre aún no había hecho mella en los ecosistemas naturales. Un par de minutos en los que pude apreciar que la naturaleza primigenia todavía sobrevive en algunos rincones apartados de nuestra geografía.