miércoles, 15 de mayo de 2013

El rinoceronte lanudo en la península Ibérica


Ya hemos hablado extensamente de la denominada “fauna del mamut” en entradas anteriores. También hemos comentado que durante los episodios de frío más intenso del Pleistoceno Superior, este particular conjunto de faunas se desplazó hacia el sur alcanzando la península Ibérica. Hoy vamos a hablar de otro de sus más famosos y emblemáticos integrantes, el rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis). Junto con el mamut lanudo comparte, entre otras cosas, el triste destino de ser una de las especies, que se extinguió al final de las glaciaciones. El rinoceronte lanudo poseía un tamaño grande, comparable al actual rinoceronte blanco africano. Como peculiaridades respecto a los rinocerontes actuales, presentaba una elevada joroba y, lo que le ha hecho más famoso, una espesa capa de pelo y lana que le recubría todo el cuerpo. Los ejemplares congelados que se han hallado en Siberia nos han permitido saber que sus orejas eran muy pequeñas, lo que constituía una perfecta adaptación al clima frío (evita la pérdida de calor corporal). Poseía dos cuernos, uno frontal y uno nasal muy largo y aplanado, con forma de cimitarra.
Rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis)
Dibujo: Diego J. Álvarez Lao
La presencia de este gran herbívoro ha sido detectada en un total de 25 yacimientos ibéricos, dos de los cuales se han descubierto en tiempos muy recientes en Asturias (hablaremos más extensamente de ellos en futuras entradas, pues nos han proporcionado un material excepcional). Aunque no se ha llegado a encontrar ningún esqueleto completo, sí que han aparecido algunos cráneos relativamente bien conservados, así como mandíbulas, huesos de extremidades y, sobre todo, dientes. Estos restos han sido comparados con ejemplares de otras localidades europeas. Los análisis morfológicos y biométricos llevados a cabo en los ejemplares ibéricos nos demuestran que no difirieron significativamente de los individuos de otras poblaciones europeas, sino que representaron la parte más occidental del área continua de distribución de esta especie en Eurasia.
Las dataciones nos han permitido saber que los rinocerontes lanudos entraron por primera vez en nuestra península hace unos 150.000 años (a finales del Pleistoceno Medio), aunque tenemos pocos datos de esa época más antigua. La mayor abundancia de hallazgos de esta especie se registra entre hace unos 40.000 y 30.000 años (estadio isotópico 3). Los vestigios más modernos de esta especie en la península Ibérica pueden ser fechados alrededor de los 20.000 años antes de la actualidad. La presencia de rinoceronte lanudo en la Península Ibérica se correlaciona con períodos de condiciones climáticas extremadamente frías y áridas, que han sido documentados previamente en otras fuentes de información paleoclimática.
Desde el punto de vista de la paleobiogeografía, su máxima extensión hacia el sur en la Península Ibérica alcanzó la latitud de Madrid (aproximadamente 40º de latitud norte). No obstante, la gran mayoría de los hallazgos se restringieron a las regiones del norte de Iberia (cornisa Cantábrica y Cataluña).
Se ha analizado también la ecología del rinoceronte lanudo en tierras ibéricas (es decir, qué otras especies vivían en su mismo entorno y época) y se ha llegado a la misma conclusión que para el mamut lanudo: el conjunto de especies que acompañaban al rinoceronte lanudo, según ha podido registrarse en los yacimientos ibéricos, no estaba formado exclusivamente por otras faunas de clima frío, como cabría esperar, sino que estaba dominado por especies propias de un clima más templado, entre las que el ciervo solía ser la más común. Al igual que se ha argumentado para el mamut, en los episodios de frío y aridez extremos la fauna del mamut se desplazó hacia el sur, aunque éste no fuese su hábitat más adecuado, ya que los mantos de hielo cubrían extensas áreas del centro y norte de Europa, impidiéndoles encontrar pastos. Se desplazaron, por tanto, en busca de espacios que les proporcionasen alimento, no por el frío en sí, al que estaban bien adaptados. En este desplazamiento hacia el sur, la fauna del mamut procedente del norte no pudo desplazar a los habitantes “autóctonos” de la península, por lo que se mezclaron con ellos. Esta particular mezcla de especies, que no refleja la típica composición de la fauna del mamut y que, hasta la fecha, tan solo se ha registrado en nuestra península, apoya la idea de que el rinoceronte lanudo, al igual que el mamut lanudo, solo llegó al territorio Ibérico ocasionalmente, durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior, mezclándose con las faunas autóctonas en vez de reemplazarlas.
 
Link al artículo original: http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0277379111001417

lunes, 8 de abril de 2013

Mitos y verdades acerca de los mamuts


El hallazgo de restos de mamuts en Siberia y Europa ha sido objeto de mitos, creencias y leyendas diversas a lo largo de siglos, hasta que la ciencia consiguió dar explicaciones lógicas. Vamos a hacer un repaso de algunos de los episodios más llamativos en la historia del conocimiento de estos gigantes lanudos.

Los primeros en conocer la existencia de los restos de mamuts lanudos fueron los pueblos nativos de Siberia. Desde hace siglos estas gentes conocían sus restos, esparcidos por toda Siberia, que afloran en el terreno durante los veranos cálidos en los que la superficie del permafrost (suelo permanentemente congelado) se descongelaba temporalmente. No sólo los conocían sino que, además, les interesaba encontrar las defensas de mamut, que les proporcionaban el preciado marfil, objeto de comercio desde hace dos milenios. Las creencias de estos pueblos nativos de Siberia acerca del origen de los huesos de mamut eran variadas e imaginativas. Para la mayoría de ellos, estos huesos pertenecieron a ratas gigantes que habitaban en el subsuelo y que, a semejanza de los vampiros, morían cuando se veían expuestos a la luz solar. Los dolgans, pueblo de la península de Taymir, aún hoy mantienen la creencia de que es peligroso perturbar los restos de una criatura a la que veneraban sus antepasados, por lo que jamás desenterrarían un mamut, aunque sí pueden recoger las defensas que encuentran en la tundra, para vender su marfil. Para los dolgan la naturaleza de la tierra es sagrada, les está incluso prohibido cavar un hoyo para plantar un árbol, creen que es un sacrilegio.

Otro pueblo indígena del noreste de Siberia, los Yukagir, mantenían aún en el siglo XIX una imaginativa teoría sobre los mamuts. Para ellos no eran animales subterráneos, sino que habían vivido en la superficie terrestre y luego se habían extinguido (hasta aquí estaban en lo cierto). Según su tradición, sostenían que su tamaño y su fuerza habían sido su perdición, ya que su voracidad les había llevado a terminar con todos los árboles de la tierra, transformando el paisaje siberiano en una tundra desarbolada. Los pantanos y terrenos anegadizos de esta tundra habrían constituido, además, una trampa mortal, ya que se habrían tragado a los propios mamuts, cuyos cuerpos se congelarían durante el invierno. Así podían explicar la abundancia de huesos de mamuts en el suelo siberiano.

Pero los restos de mamuts no sólo se hallaban en Siberia, sino también en Europa, donde muchos creían que estos grandes huesos (tanto de mamut como los de otros elefantes fósiles o incluso de dinosaurios) habían pertenecido a monstruos o a gigantes. Se cree, de hecho, que el mito de los cíclopes procede del hallazgo de huesos de mamuts y elefantes, pues su cráneo posee una gran cavidad en posición central (en la base de la trompa) que, según se creía, podía constituir la cuenca ocular del único ojo de estos gigantes.

Tanto o más imaginativas resultan algunas tradiciones de la iglesia, especialmente en España, donde los restos de grandes vertebrados llegaron a venerarse como reliquias de santos. Así, en el siglo XV, la iglesia de Valencia sacaba en procesión por sus calles un molar de mamut que, se creía, era un diente de San Cristóbal. Esta creencia está más extendida de lo que se cree y aún hoy, en muchas iglesias de España, se conservan fósiles de grandes vertebrados como reliquias de santos. 

No fue hasta finales del siglo XVII cuando unos restos de mamut hallados en Alemania fueron identificados, por vez primera, como pertenecientes a un tipo de elefante. Tampoco faltaron entonces las teorías imaginativas: algunos intelectuales de la época, como Pedro el Grande, sugirieron que los restos de mamuts hallados en Europa y Siberia pertenecieron a elefantes extraviados de las tropas de Alejandro Magno. Otros aseguraban que se trataba de elefantes africanos que habían sido barridos hacia en norte durante la inundación ocurrida en el diluvio universal, descrita en la Biblia.

Primera representación del mamut de Adams, realizada
a partir de descripciones indirectas. Fuente
Por fin, a finales del siglo XVIII, el gran paleontólogo francés Georges Cuvier, realizó un estudio comparativo concluyendo que los restos de mamut eran diferentes a los del elefante africano y que estaban adaptados para vivir en el clima frío, lo que echaba por tierra las teorías anteriores. A comienzos del siglo XIX se recuperó el primer cadáver de mamut que aún conservaba piel y pelo. Este ejemplar se descubrió en 1799 aunque, debido a la dificultad para realizar grandes expediciones de rescate en aquel entonces, no pudo ser recuperado hasta 1806. Este extraordinario hallazgo se bautizó como el mamut de Adams en honor al científico que recuperó sus restos, Michael Adams. Cuando por fin llegó al cadáver del mamut, siete años tras su descubrimiento, sólo pudo recuperar sus huesos, la mayor parte de la piel y buena parte del pelo. La mayor parte de la carne había sido arrancada por los habitantes de la zona para alimentar a los perros; otra parte había sido devorada por osos, lobos y zorros. No obstante, aquel hallazgo fue el primero que añadió pelo al concepto que entonces se tenía del mamut, indicando su avanzada especialización al frío. Las defensas del mamut de Adams fueron vendidas a un mercader de Yakutsk, a quien debemos la primera y muy fantástica representación  de un mamut (que acompaña esta entrada), basada en descripciones indirectas, en la que se dibujaron las orejas puntiagudas, las defensas divergentes a ambos lados, sin trompa y con pezuñas que recuerdan más bien a las de un bóvido. En general, el aspecto recuerda al de un cerdo un tanto extraño. El mamut de Adams aún se exhibe en el Instituto de Zoología de San Petersburgo.

Desde entonces, la abundancia de hallazgos y de estudios minuciosos, especialmente a partir del siglo XX, nos han ido permitiendo conocer cada vez mejor las características físicas, modo de vida y demás vicisitudes de estos animales. No obstante, aún hoy existen ciertos tópicos falsos y ampliamente extendidos sobre los mamuts, como el de que su tamaño era gigante o que pasaban su vida sobre la nieve y el hielo. El mamut lanudo era un elefante que desarrolló unas adaptaciones muy avanzadas para vivir en un clima frío y árido, pero compartía muchos rasgos comunes con el elefante asiático, que es su pariente vivo más próximo, por ejemplo su talla: la altura del mamut adulto se situaría aproximadamente entre 2,50 y 3,20 m, muy semejante a la del elefante asiático. Respecto a su hábitat, hay que tener en cuenta que es un animal herbívoro, por lo que no podría vivir continuamente sobre los hielos, ya que no encontraría alimento. Por el contrario, vivía en un paisaje cubierto de vegetación herbácea, donde los árboles serían muy escasos, conocido como “tundra-estepa”. En invierno, debido al intenso frío, este paisaje estaría cubierto de nieve, pero la aridez del clima impediría que la cubierta de nieve fuera muy gruesa, pudiendo apartarla fácilmente con sus defensas para acceder a la hierba que crecía debajo.

Actualmente existe una ingente literatura sobre los mamuts lanudos, desde publicaciones puramente científicas hasta literatura para niños, pasando por toda la gama de lecturas divulgativas. Incluyo aquí debajo las referencias de dos libros, divulgativos pero rigurosos, que considero indispensables y que, sin duda, permitirán conocer mejor a estos gigantes lanudos:

Adrian M. Lister and Paul G. Bahn, 1994. Mammoths, giants of the ice age. Macmillan, New York.

martes, 12 de marzo de 2013

Los mamuts que llegaron al sur

El mamut lanudo es quizá la especie más emblemática de las glaciaciones. Su paso por la península Ibérica nos dejó un buen número de restos, tal como se describió en la entrada anterior, llegando a alcanzar la latitud de Granada, concretamente el yacimiento de Padul, en su migración hacia el sur durante los momentos más fríos. Sobre este punto nos detendremos algo más en esta entrada.
Mandíbula de mamut de Padul
Foto: Diego J. Álvarez Lao
La turbera de Padul es un entorno peculiar, muy diferente de la imagen que nos podemos hacer del paisaje andaluz. Está situada en Sierra Nevada a una altura entre los 700-800 metros sobre el nivel del mar. Esta altura y el entorno montañoso le confieren unas condiciones ambientales particulares que, durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior, permitieron que los mamuts vivieran aquí. Por aquel entonces, la turbera estaría formada por un terreno anegadizo, encharcado por zonas, en cuyo entorno crecía una vegetación herbácea idónea para su alimentación, creando así un enclave especialmente favorable para esta especie. Eventualmente, algunos de los individuos penetrarían en el interior de la turbera y quedarían atrapados en este terreno anegadizo. Sus cuerpos se enterrarían y, tras miles de años, los paleontólogos pudimos tener acceso a sus huesos muy bien conservados. Estos huesos nos han contado historias interesantes. En primer lugar, nos han permitido saber que los mamuts poblaron la turbera de Padul al menos durante un periodo de unos 10.000 años, ya que las dataciones realizadas nos han proporcionado fechas de entre 30.000 y 40.000 años. No podemos saber con seguridad si se establecieron aquí de forma permanente durante todo este tiempo, pero sospechamos que no lo hicieron. Uno de los motivos que nos llevan a esta idea es el hecho de que la talla de los ejemplares de Padul es igual a la de los mamuts centroeuropeos, con los que se les ha comparado (hemos podido estimar la altura de uno de los ejemplares granadinos en 2,7 m). Si los mamuts de Padul hubiesen permanecido durante diez milenios seguidos, es muy posible que hubieran desarrollado alguna peculiaridad física, concretamente una disminución de talla, en relación con su posición geográfica tan meridional y de acuerdo con la regla biológica de Bergmann, de la que ya se ha hablado en la entrada anterior. Los datos apuntan a que más bien su presencia debió producirse de forma temporal (durante años especialmente fríos), o incluso estacional. Esto último tampoco debería parecernos tan improbable, pues se sabe que los elefantes africanos actuales pueden realizar migraciones estacionales de cientos de kilómetros en busca de alimento y agua. Más aún, los renos actuales del norte de Canadá (más conocidos como caribúes) realizan migraciones de hasta 1.300 Km. al año en busca de pastos adecuados.
Los restos de Padul nos han indicado que corresponden a, al menos, cuatro individuos (hay que tener en cuenta que tan solo se ha investigado una reducida parte de la turbera, por lo que su número real podría ser mucho mayor), constituyendo la población más numerosa de esta especie conocida hasta ahora en la península Ibérica. Desafortunadamente no poseemos esqueletos completos, pero sí que se han podido recuperar tres mandíbulas en muy buen estado, además de una defensa completa (expuesta en el Parque de las Ciencias de Granada) y numerosos restos de huesos de extremidades y molares. El estado de desarrollo de sus dientes y huesos nos ha permitido conocer que los 4 individuos murieron a una edad avanzada, de entre 43 y 55 años, según los ejemplares. Algunos, además, han mostrado claros indicios de padecer enfermedades del hueso, tales como artrosis. Esto nos sugiere que quizá los animales muriesen al caer en la turbera y no poder salir debido limitaciones físicas propias de su edad o de las enfermedades que padecían.
El yacimiento de Padul presenta también especial interés por ser el más meridional de toda Europa que nos ha proporcionado restos de mamut lanudo (situado a la latitud de 37º01’ N), lo cual marca el límite sur de su distribución en nuestro continente. Tan solo un yacimiento, situado al otro extremo del gran continente eurasiático (en China), ha proporcionado restos ligeramente más meridionales de esta especie (a latitud 36º35’N). Las causas de semejante migración, tal como se apuntaba en la entrada anterior, no estarían relacionadas con el intenso frío, al que estos animales estaban bien adaptados, sino con la disponibilidad de alimento: los mamuts migraron al sur durante los momentos más fríos y áridos buscando los ambientes de tundra-estepa disponibles, cuando el norte y parte del centro de Europa se encontraban cubiertos por el hielo.

Link al artículo original: http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0031018209001692

Algunos de los medios nacionales que se hicieron eco de esta noticia: El País, El Mundo, ABC, Agencia SINC, La Nueva España, La Voz de Asturias, El Comercio, Muy Interesante.

jueves, 28 de febrero de 2013

El mamut lanudo en la península Ibérica

Durante las glaciaciones del Cuaternario, toda Europa central y gran parte de Asia estaban dominados por animales propios de clima glacial, un conjunto de especies conocido como “fauna del mamut”, como se ha explicado en entradas anteriores. En los episodios de frío más intenso, las poblaciones de estas especies se vieron obligadas a migrar hacia el sur y, de este modo, podemos constatar la presencia del mamut lanudo (Mammuthus primigenius) en la Península Ibérica. Los primeros hallazgos de esta especie en tierras ibéricas, procedentes de unas minas cántabras, se publicaron ya en el año 1877. Desde entonces hasta hoy, su presencia se ha identificado en 25 yacimientos peninsulares.

Mamut lanudo (Mammuthus primigenius)
Dibujo: Diego J. Álvarez Lao
Aunque estos hallazgos no se correspondan en ningún caso con esqueletos íntegros, se han preservado restos bastante completos de mandíbulas, huesos de extremidades, defensas (mal llamadas colmillos) y, sobre todo, molares. Un estudio anatómico de estos restos nos revela que los mamuts ibéricos son iguales a los de Europa continental, tras compararlos con una extensa muestra procedente principalmente del Mar del Norte y otras localidades. Este hecho presenta cierto interés ya que para muchas especies, como el ciervo, el oso o el halcón; se ha constatado que las poblaciones de latitudes meridionales tienen una talla menor que sus poblaciones nórdicas, como respuesta adaptativa a un clima diferente, de acuerdo con la regla biológica de Bergmann. En el caso del mamut también podría ser esperable que su talla fuese diferente, pero no ha sido así, lo que nos lleva a pensar que muy posiblemente sus poblaciones no hayan estado asentadas en la península Ibérica durante el tiempo suficiente como para desarrollar una disminución de talla. Esto sugiere que los mamuts entraron en la Península durante episodios de tiempo limitado, quizá de forma esporádica coincidiendo con los momentos más fríos, por lo que su mera presencia no significa que se haya asentado aquí de forma permanente.

La evidencia más antigua del mamut lanudo en la península Ibérica ha sido datada, con poca precisión, entre finales del Pleistoceno Medio y comienzos del Superior (entre 150.000 y 100.000 años, aproximadamente), aunque la mayoría de sus hallazgos se registran principalmente entre 45.000 y 20.000 años antes del presente (estadios isotópicos 3 y 2), coincidiendo con las etapas de clima más frío y árido detectadas en los registros paleoclimáticos. El indicio más reciente de su presencia en el territorio ibérico procede de una cueva asturiana y se ha datado en unos 17.500 años antes del presente. La gran mayoría de los hallazgos se sitúan en el norte ibérico (cornisa Cantábrica y Cataluña), aunque su máxima expansión geográfica alcanzó la latitud de Padul, en Granada (a 37º N), que constituye el registro más meridional de esta especie en Europa, sólo superado a nivel mundial por otro hallazgo procedente de China.

Respecto a la ecología del mamut en tierras ibéricas se ha podido constatar un hecho muy interesante: el conjunto de especies que acompañaban al mamut lanudo, según ha podido registrarse en los yacimientos ibéricos, no estaba formado por otras faunas propias de clima frío, como cabría esperar, sino que estaba dominado por especies propias de un clima más templado entre las que el ciervo solía ser la especie más común. Si bien otras faunas “glaciales”, como el rinoceronte lanudo o el reno, podían estar presentes en el conjunto, su proporción era siempre muy pequeña. Durante las glaciaciones, las especies propias de climas templados (como el ciervo o el jabalí) se refugiaron en las áreas más meridionales de Europa (penínsulas Ibérica, Itálica y Balcánica), huyendo del frío. Pero en los episodios de frío y aridez extremos, incluso la fauna del mamut se desplazó también hacia el sur, aunque éste no fuese su hábitat más adecuado, ya que los mantos de hielo cubrían extensas áreas del centro y norte de Europa, impidiéndoles encontrar pastos. No se desplazaron por el frío en sí, al que estaban bien adaptados, sino por la falta de espacios que les proporcionasen alimento. Este desplazamiento hacia el sur encontró su límite en la península Ibérica por cuestiones meramente geográficas: los “visitantes” del norte no pudieron desplazar a las habitantes “autóctonos” de la península (que no podían cruzar el estrecho para dirigirse más al sur) y tampoco los sustituyeron, sino que se mezclaron con ellos. Esta particular mezcla de especies, que no refleja la típica composición de la fauna del mamut y que, hasta la fecha, tan solo se ha registrado en nuestra península, apoya la idea de que el mamut lanudo solo llegó al territorio Ibérico ocasionalmente, durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior, dando lugar a una mezcla de faunas frías y templadas, en vez de producir un reemplazamiento faunístico.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Asturias primigenia

Un fin de semana del pasado noviembre tuve la buena idea de darme un paseo por el suroccidente Asturiano, una de las zonas más salvajes y primigenias de la península Ibérica y quizá también de Europa occidental. Cuando digo primigenia quiero decir que apenas ha sido modificada por la mano del hombre y que se mantiene prácticamente igual a como debía de estar hace 8.000 o 9.000 años, justo tras la última glaciación, cuando el clima ya era templado y el hombre apenas había dejado aún su huella en el paisaje.
El lugar que tuve la suerte de visitar es el bosque de Monasterio de Hermo, un inmenso hayedo de más de 1.500 hectáreas que constituye una extensión del Bosque de Muniellos, formando en su conjunto una auténtica selva de más de 5.000 hectáreas de bosque caducifolio. El haya es el árbol mayoritario en este bosque, constituyendo uno de los mayores hayedos de la Península Ibérica y de Europa. En otoño, las hayas, robles y resto de los árboles exhiben toda una variedad de colores que van desde los ocres dorados hasta los sienas rojizos, pasando por toda la gama de amarillos y marrones. Una auténtica delicia para la vista.
Oso pardo (Ursus arctos)
Foto: Diego J. Álvarez Lao
La vida animal en el bosque también se encuentra perfectamente preservada. Todo el camino me acompañó una gran cantidad de aves, como carboneros garrapinos, carboneros comunes, herrerillos, arrendajos, camachuelos, pinzones, etc.; que alegraron la vista y el oído. Un lugareño me explicó que los urogallos aún son frecuentes por la zona, aunque no tuve la suerte de cruzarme con ninguno. Respecto a los mamíferos, el repertorio fue no menos numeroso: pequeños mamíferos como ardillas aparecían como duendecillos por entre las ramas de los árboles, portando sus peludas colas que abultan casi tanto como sus cuerpos. Los corzos hacían presencia regularmente, cruzándose por el camino y mostrando sus blancos y llamativos traseros. Lucían su tupido pelaje invernal y los machos ya habían perdido las astas. A lo largo del camino me encontré también las huellas de otros mamíferos que pasaron por allí: pisadas de jabalí, excrementos de zorros, lobos y un gran excremento de oso, inconfundible por su tamaño y por su contenido (exclusivamente restos de hayucos).
Pero el plato fuerte del día aún estaba por llegar: en un punto del camino, apenas a unos 30 - 40 metros de mí, apareció el inmenso cuerpo de un oso comiendo tranquilamente los hayucos del suelo. Tras él, pude ver un osezno de tamaño mediano, dejando claro que se trataba de una hembra con su cría, ya crecida. Esto hacía la situación claramente peligrosa, ya que las madres con oseznos son muy protectoras y pueden ser agresivas. No me hubiera gustado vérmelas con semejante animal que, a estas alturas del otoño y con su cuerpo bien alimentado, bien podría pesar más de 150 kilos. Su pelaje era espeso, largo, de un tono castaño oscuro. En un momento dado, la madre paró de comer y fijó su vista en mí, con aparente tranquilidad. Me observó durante unos segundos (que se me hicieron eternos) y decidió que era mejor cambiar de emplazamiento por lo que, tranquilamente, se dio la vuelta y se adentró con su osezno en lo más profundo del bosque. Fueron apenas un par de minutos en los que sentí el verdadero palpitar de la naturaleza más agreste que aún sobrevive en nuestras tierras. Un par de minutos en los que me trasladé directamente a la prehistoria, a los tiempos en los que el impacto del hombre aún no había hecho mella en los ecosistemas naturales. Un par de minutos en los que pude apreciar que la naturaleza primigenia todavía sobrevive en algunos rincones apartados de nuestra geografía.

jueves, 14 de febrero de 2013

Faunas glaciares en la península Ibérica: ¿dónde?

Como ya se ha comentado en una entrada anterior (Faunas glaciares en la península Ibérica: ¿qué especies y cuándo?), las faunas propias del clima frío o glacial entraron en la península Ibérica durante los episodios más fríos del Pleistoceno Superior. Un total de 75 yacimientos peninsulares nos han proporcionado restos de algunas de estas especies que componen la asociación faunística denominada “fauna del mamut”, típica de las glaciaciones. Las especies que más frecuentemente se han encontrado en tierras ibéricas son el mamut lanudo (Mammuthus primigenius), rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis) y reno (Rangifer tarandus). En menor medida, también se ha detectado la presencia del glotón (Gulo gulo), el zorro ártico (Alopex lagopus), el buey almizclero (Ovibos moschatus) y el antílope saiga (Saiga tatarica). Como también se comentó en la entrada anterior, esta fauna del mamut no estuvo permanentemente en la península durante toda la edad del hielo, sino que entró en diversas “oleadas”, que coinciden con los momentos de máximo frío registrados por los indicadores paleoclimáticos. Cada una de estas oleadas tuvo una extensión geográfica diferente, es decir, la fauna del mamut alcanzó una dispersión mayor en unos momentos que en otros.
Reno (Rangifer tarandus)
Dibujo: Diego J. Álvarez Lao
Del episodio más antiguo poseemos muy poca información y poco precisa. Así, los primeros indicios de estas especies (de hace unos 200.000 a 150.000 años), nos indican su presencia en el norte Ibérico (Asturias, Cantabria, Gerona), pero también en Madrid, por lo que podemos saber que esta primera “oleada” llevó a fauna del mamut, al menos, hasta el centro de la Península. Posteriormente, tras un largo periodo sin datos (coincidiendo con una época interglaciar), se registra una nueva oleada, aún más extensa que la anterior, que comienza hace unos 42.000 años y durante la cual el mamut lanudo alcanza el extremo sur peninsular, siendo localizado en Padul (Granada). En esta época también hay presencia de mamut en el centro de Portugal. Esta amplia extensión geográfica nos da una idea de los fríos tan intensos que debieron reinar en este episodio. El resto de las citadas especies, no obstante, se circunscriben únicamente a la franja norte peninsular (cornisa Cantábrica y Cataluña) durante esta época. La tercera y última de estas oleadas se produjo hace unos 25.000 años y terminó hace unos 10.000. A pesar de que este periodo es el que más huellas nos ha dejado de la fauna del mamut, especialmente del reno, en nuestra península, su distribución geográfica se restringió exclusivamente al norte peninsular (cornisa Cantábrica y Cataluña).
Ciertas características paleogeográficas contribuyeron a facilitar la entrada de estas faunas en la península Ibérica durante los episodios de frío intenso. La cordillera pirenaica supuso una barrera natural para la fauna del mamut que, a pesar de ser muy común en toda Europa continental (incluido el sur de Francia) siempre fue muy escasa en la península Ibérica, muy posiblemente influido por la presencia de dicha barrera. Durante los episodios de frío extremo, no obstante, un enorme volumen de agua se encontraba concentrado en forma de hielo en las regiones polares y en los glaciares. En consecuencia, el nivel del mar bajó considerablemente durante estos periodos, hasta situarse unos 120 metros por debajo del actual. Esta circunstancia produjo la apertura de amplias zonas de paso el este y oeste de los Pirineos (del orden de 10 a 20 kilómetros de ancho), facilitando así la entrada de la fauna del mamut en la península.


 

jueves, 7 de febrero de 2013

Bisontes!

Añado aquí debajo un texto publicado en la revista Quercus (Nº 323, pág. 4), del pasado mes de enero, con respecto a los planes de “reintroducción” del bisonte europeo en diversos puntos de Asturias y Palencia.

Recientemente se han introducido bisontes europeos en varios puntos de la cordillera Cantábrica, entre ellos dos cercados de los concejos de Villayón y Siero, en Asturias, tal y como se describe en el artículo “Reintroducción de especies: ¿por qué unas sí y otras no?, de Quercus 322 (págs. 24 a 28). Como paleontólogo especialista en mamíferos del Cuaternario, considero importante indicar que, hasta la fecha, no existe ninguna evidencia de que bisonte europeo (Bison bonasus) haya habitado en la Península Ibérica.
Bisonte europeo (Bison bonasus)
Foto: Diego Álvarez Lao
Los promotores del proyecto argumentan la presencia de esta especie en España, en tiempos pasados, basándose en la existencia de bisontes pintados en las cuevas y en alguna supuesta cita histórica, intentando así justificar su “reintroducción”. Estos argumentos son equivocados ya que el bisonte que habitó en la Península Ibérica durante el Pleistoceno Superior pertenecía a una especie diferente, el bisonte de estepa (Bison priscus). Tanto los abundantes restos fósiles que se han hallado en los yacimientos ibéricos, como las pinturas rupestres y otras representaciones artísticas, se corresponden indudablemente con esta especie, que se extinguió hace unos 10.000 años. Además, y esto es lo más importante, el bisonte de estepa era una especie propia de espacios abiertos, esteparios, cubiertos principalmente de vegetación herbácea, que habitó en la Península Ibérica en momentos fríos y áridos del Pleistoceno en los que el ambiente y el paisaje vegetal eran muy diferentes de los actuales. El bisonte europeo, por el contrario, es una especie ligada a ambientes boscosos, por lo que es evidente que los requerimientos ecológicos de ambas especies eran totalmente diferentes. Por otra parte, las supuestas citas históricas del bisonte europeo en España son muy dudosas, difícilmente verificables y, desde mi punto de vista, carecen de valor ante la inexistencia de registro fósil de esta especie. En definitiva debe quedar claro que la suelta de bisontes europeos en territorio asturiano no constituye una reintroducción, sino la introducción de una especie exótica que nunca habitó en Asturias ni en la Península Ibérica.

Diego J. Ávarez Lao
Profesor del Área de Paleontología de la Universidad de Oviedo.