Antes
de nada habría que preguntarse ¿por qué nos resulta atractiva la paleontología?
Aunque es evidente que los fósiles son muy atractivos de por sí, realmente esta
pregunta nos lleva a nuestra niñez. Raro es el niño al que no le resultan
atractivos los dinosaurios. Habrá también muchos a los que les atraigan los
mamuts, los trilobites y, en general, animales espectaculares que ya no
existen. La paleontología excita nuestra imaginación, nos hace pensar en mundos
y seres diferentes pero reales, faunas que habitaron el mismo espacio en que
vivimos nosotros, pero hace muchísimos años. Es una especie de ciencia ficción,
pero no es ficción. Ese matiz de no-ficción es lo que le hace atrayente no solo
a los niños sino también a muchos adultos. Además, es una ciencia en la que
todavía hay mucho por conocer, por lo que la búsqueda de fósiles nos brinda la
permanente oportunidad de descubrir algo nuevo, algún aspecto que nos permite
conocer con más precisión ese mundo fantástico pero real que aconteció a
nuestros pies hace miles o millones de años.
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Excavando un cráneo en el interior de una cueva Foto: Javier Calzada |
La
paleontología del Cuaternario, por ser tan cercana en el tiempo, nos
proporciona una información muchísimo más abundante y precisa, por lo que se
requiere la participación de equipos multidisciplinares que se ocupen de los
diferentes aspectos de cada yacimiento. Para empezar, es necesario el trabajo
de varios paleontólogos que se dediquen al estudio de los fósiles de
diversos grupos de animales: grandes mamíferos, micromamíferos, aves, reptiles,
anfibios, peces, moluscos… (aunque no siempre tenemos la suerte de contar con
especialistas en todos estos campos); los paleoantropólogos se ocupan
del estudio de los fósiles humanos (cuando se tiene la inmensa fortuna de
encontrarlos); los arqueólogos estudian los vestigios de actividad
humana en el yacimiento (restos de herramientas líticas, restos de
alimentación, arte rupestre, etc.). Otros especialistas cuya aportación es muy
importante son los palinólogos, (estudian el polen y esporas y, por
consiguiente, la vegetación que había), los antracólogos (estudian los
carbones vegetales), los sedimentólogos (estudian el origen de los
sedimentos en los cuales se hallan los fósiles), los restauradores
(encargados de reconstruir y consolidar las piezas que se han extraído), los geocronólogos
(que nos van a decir con precisión cuál es la edad de los fósiles) y otros. En
los equipos, además de especialistas, también suele haber un buen número de
estudiantes que ayudan en las tareas de excavación, lavado del sedimento,
limpieza de las piezas, restauración de las piezas, siglado, realización de
bases de datos, etc., al tiempo que van aprendiendo. Así que los equipos de
Cuaternario solemos constituir una “gran familia”, aunque no siempre tenemos la
suerte de poder reunirnos equipos tan grandes de especialistas.
Los
yacimientos cuaternarios pueden ser de diversos tipos, aunque la mayoría de
ellos corresponden a dos
tipos principales: yacimientos al aire libre y cuevas.
Los yacimientos al aire libre frecuentemente correspondieron originalmente a
cuevas o simas que, con el tiempo, colapsaron y dejaron sus sedimentos
expuestos al exterior. Este es el caso, por ejemplo, de los yacimientos de
Pinilla del Valle. Las condiciones de trabajo son más fáciles, aunque uno se
expone a los imprevisibles agentes atmosféricos: calor excesivo (las
excavaciones se realizan normalmente en verano), lluvia, etc. En el interior de
las cuevas el tema se complica más, pues a menudo el terreno es más abrupto y
hasta peligroso. Hay que contar, además, con iluminación eléctrica y con una
vestimenta impermeable que nos permita resguardarnos de la humedad, así como un
casco que nos proteja de las (frecuentes) colisiones con estalactitas y otros
accidentes del terreno. Pero todas las dificultades se olvidan rápidamente en
el momento que nos enfrentamos a la excavación del terreno, momento realmente
emocionante en el que comienza la búsqueda de vestigios que llevan ocultos
desde hace milenios, restos que nos van a dibujar un paisaje con sus animales,
sus plantas, sus pobladores humanos, su tipo de vida, etc. Es, realmente, una
continua sucesión de sorpresas, nunca sabes si un centímetro más abajo vas a
encontrar el diente de reno que te indique que el clima era glacial, o el molar
de hiena que te confirme que la cueva estuvo habitada por estos grandes
carnívoros, o la herramienta de piedra que dé testimonio de que allí vivieron
los neandertales... Este es, sin duda, otro de los aspectos que hacen tan
atractivo el trabajo del paleontólogo.
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Excavación al aire libre en Pinilla del Valle (Madrid) Foto: Diego J. Álvarez Lao |
Tras
el trabajo en el yacimiento viene la fase del laboratorio: nuestros “tesoros”
han de ser lavados, consolidados (es decir, endurecidos para que no se disgreguen),
reconstruidos (si es necesario), y siglados. Y, por último, el trabajo del
verdadero especialista, es decir, la identificación, clasificación, estudio e
interpretación de los restos extraídos. Esta parte suele culminar con la
publicación de artículos científicos en revistas internacionales, para que toda
la comunidad científica pueda conocer nuestras investigaciones. Posteriormente
viene la fase de divulgación, en la que el yacimiento se da a conocer al
público por la vía de conferencias, televisión, periódicos, revistas,
exposiciones, etc. Esta fase es realmente muy importante para que los ciudadanos
tomen conciencia del valioso patrimonio que tienen bajo sus pies. También es
muy importante para despertar vocaciones en algunos niños y jóvenes que quizá
empiecen a orientar su vida con el objetivo de convertirse en paleontólogos.
Una
pregunta que posiblemente puede estar ahora en la cabeza de quienes lean esto
es la siguiente: ¿es posible vivir de la paleontología?” Mi respuesta sería que
sí. Aunque, como toda labor investigadora, requiere un gran sacrificio
personal, mucha motivación y, sobre todo, mucha paciencia. Hay que tener claro
en todo momento que nos queremos dedicar a esto. Al principio es normal que pueda
haber dudas, pero cuanto más se profundiza en la investigación, más se lea y
más se conozca, uno acabe por “engancharse” cada vez más y más de su tema de
investigación. Si ocurre así, uno puede estar seguro de que está en “el camino”
y no perdiendo el tiempo. Sólo resta hacer bien el trabajo y tener paciencia, y
el tiempo acaba dando sus frutos.
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